Hace algún tiempo atrás, pensar que las y los educadores sociales podían llegar a insertarse en la llamada “educación formal” era casi una utopía: un proyecto tan ideal como lejano. Los estereotipos que históricamente han separado lo formal de lo no formal dificultaron durante años el acercamiento entre estos dos universos, que parecían hablar lenguajes pedagógicos distintos, casi irreconciliables.
Resulta difícil de comprender —o quizás ingenuamente ingenuo— que, siendo profesionales de la educación, hayamos estado (¿y estemos aún?) tan distanciados de un ámbito al que podríamos aportar la especificidad de nuestros saberes y experiencias. Durante mucho tiempo, en lo que a educación formal se refiere, maestras/os y docentes fueron consolidando un vínculo de "primos hermanos", mientras que las/os educadoras/es sociales nos convertimos en una suerte de primo político, recien llegado y distante, a quien nadie quería invitar a la fiesta de lo formal.
Sin embargo, la coyuntura social y política, la creciente complejidad de las realidades educativas y la aparición de proyectos socioeducativos específicos fueron creando nuevas articulaciones posibles. Así surgieron programas como Aulas Comunitarias, los FPB de UTU, la Acreditación de Adultos, experiencias en algunos liceos, y más recientemente, las Prácticas Curriculares impulsadas desde la carrera de Educación Social. Todas ellas abrieron el juego a un trabajo conjunto en nuevos escenarios, donde diferentes perfiles profesionales pueden coexistir sin perder su especificidad, pero potenciándose desde un objetivo común.
Desde nuestra experticia, el camino andado en lo no formal, el vínculo personalizado con los educandos, el trabajo sostenido sobre habilidades socioeducativas individuales y grupales, así como la articulación con las familias y otros actores del territorio, son herramientas fundamentales. Ese acompañamiento cotidiano, paciente y sostenido, puede marcar una diferencia significativa en el tránsito de las y los adolescentes por la educación media.
La desvinculación, la falta de motivación, la asistencia irregular, las múltiples barreras para sostener a los adolescentes dentro del sistema educativo, son obstáculos que nadie desconoce. A esto se suman situaciones personales y familiares complejas, vínculos conflictivos entre pares y con referentes adultos, tensiones entre familia e institución, dificultades curriculares y tantas otras variables. Todo esto nos interpela a desarrollar estrategias de inclusión, de cuidado y de convivencia.
Ahora bien, esto no significa que la sola incorporación de una figura nueva sea la solución mágica. Tampoco que los y las educadores sociales contemos con recetas infalibles o debamos actuar desde la autosuficiencia. Pero sí creemos que una mirada diferente, específicamente orientada a sostener los vínculos y procesos de permanencia, puede ampliar las posibilidades de intervención, complementar las estrategias ya existentes y enriquecer los abordajes actuales.
También es cierto —y necesario decirlo— que no estamos exentas/os de reproducir los mismos vicios institucionales que solemos cuestionar. Por eso es clave evitar que la relación educativa se limite a "apagar incendios" o a ocupar los huecos que deja la falta de recursos. Nuestra tarea no puede reducirse a ser un comodín para todo lo que no tiene cabida en la lógica escolar tradicional.
Como bien afirma Paulo Freire: “La educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo.”
Y para que eso suceda, debemos poner al sujeto educativo en el centro, siempre.
Esta reflexión, además, nos convoca colectivamente a pensar los alcances de nuestra tarea: ¿Cómo nos vinculamos con los educandos en este nuevo contexto? ¿Cómo compartimos el campo educativo con otros actores, con equipos amplios y diversas miradas? ¿Cómo nos posicionamos desde nuestra intencionalidad pedagógica, que no pretende ser exclusiva, pero sí propositiva, sensible y profundamente vinculante.
Quizás aún no nos hayan invitado formalmente a la fiesta. Pero algunas/os ya entramos. Y lo hicimos con respeto, con escucha, con compromiso... y con ganas de bailar.